Lluvia

Mojada, como todos los días, se despierta la señora Bermúdez. Se levanta, como todos los días, sin saber que este lunes no va a ser como todos los lunes, este lunes va a ser distinto.
Nervioso, como todos los lunes, busco la llave entre las verduras. Cierro la boca, y abro la puerta, una nube de polvo empaña mis anteojos. Los limpio con mi pañuelo verde, como todos los lunes, y veo una araña pequeña descender hacia mi nariz. Como todos los lunes cierro la puerta con fuerza, y como todos los lunes, veo un pedazo de ella caer al suelo. Lo arrastro con mi pie derecho hacia un costado, y lo dejo allí, amontonado, junto a todos los demás. Cruzo el comedor, con la cabeza gacha, procurando no tocar nada, procurando no pisar nada de esas cosas que tanto miedo me provocan. Llego al pasillo, doy un paso, dos, tres, y siento un terrible dolor en el talón izquierdo. Me doy vuelta y allí está él, con sus ojos amarillos, sus dientes sucios y su cuerpo lleno de polvo. Se queda allí sentado, mirándome, a la espera de algún movimiento. Rápido, introduzco mi mano izquierda en la bolsa, pero más rápido se lanza él hacia ella, y la dejo caer al piso. Otra vez, como todos los lunes, perdí los tomates. Sigo mi camino, recorro el pasillo, paso una, dos, tres habitaciones. Y allí está, cuarta puerta a la derecha. Me paro frente a ella, ya siento el humo rozando mis pies, ya veo la luz escapándose por las grietas de la madera. Agarro la manija con fuerza, y la giro hacia la izquierda. Empujo con mi hombro la puerta, y allí la veo a ella, entre el humo, entre la niebla. Tranquila, serena, recostada y con los pies para afuera. De fondo suena Frank Sinatra, no sé bien cuál tema, uno de esos que todos conocen. Despacio, apoyo las bolsas en el suelo, y me acerco a ella. Me siento en el borde, tomo su brazo, y acaricio su mano fría. Cuánta calma hay en su rostro.

“Pensé que ya no venías”, me dijo la señora Bermúdez sin abrir sus ojos.
“¿Alguna vez no vine?”, contesté mientras veía cómo los abría de a poco.
“No, ya se, pero...”

No hay palabras, no hay razones para dudar de mi llegada. Entonces deja la duda atrás, endereza la espalda y me pide que le cebe el primer mate.
Me pregunta qué novedades tengo, le cuento de la graduación de mi nieto, del nuevo trabajo de mi hijo y del fallecimiento de Carlitos, un amigo en común.
Traumada, me pide que le alcance una galleta, y más traumada aún, me pide que le explique por qué había traído esos “horribles bizcochos de grasa” en vez de las galletas de siempre. Serenamente, le explico que las busqué por todos los negocios del barrio, pero que en todos obtuve la misma respuesta.

“¿Cómo que las sacaron del mercado? ¿Después de 60 años deciden un día no fabricar más? ¡¿Así porque sí?!”
“Así porque sí señora, así porque sí.”

Unos minutos más tarde, luego de aceptar la pérdida de sus galletas, y de preguntarme de vuelta quién había fallecido, y aceptar su pérdida también, me pide que le suba la radio, que estaban pasando un tema que le gustaba.
Mientras suena de fondo FM 90, “La radio de los clásicos”, le pregunto qué novedades tiene ella. Me dice que me calle, que aquí viene la mejor parte. Una vez terminado el estribillo, ahí sí, me mira a los ojos y me pide que le repita la pregunta, que no había escuchado.

“Nada, falleció Carlitos, ascendieron a tu hijo y me trajeron las galletas más feas que he probado en mi vida”

Siempre el mismo chiste. Pero también siempre la misma sonrisa. Y es por eso que me río, porque la veo feliz. Y es por esa sonrisa por la que vengo todos los lunes, sin falta, exactamente a las dos de la tarde. Todos los lunes, ella me dice lo joven que estoy, y yo le digo lo feliz que se la ve. Todos los lunes abro la puerta, apoyo las bolsas en el piso y preparo el primer mate. Le paso las galletas y ella me pregunta si me acuerdo, de esos días. Yo le digo que sí, que imposible olvidarlos.
Imposible no recordar esos días de lluvia que nos escapábamos del colegio y nos íbamos al parque. Imposible no recordar las horas y horas que nos pasábamos bailando y gritando bajo la lluvia. Terminábamos los dos empapados, con la sonrisa de oreja a oreja, deseando que ese momento no se termine jamás.
Pero esos momentos terminaron, el día que ella no vino más al colegio.
No vino uno, dos, tres y al cuarto día decidí ir a buscarla. Pensé que se había enfermado, raro en ella, pero a una fiebre no le escapa nadie. Corrí a su casa, pasé el parque, el kiosco, la panadería, y en el árbol caído doblé a la izquierda. Llegué a la puerta con timbre celeste, como ella siempre me había contado, toqué una vez, y nadie respondió, toqué de vuelta, y nada.
Me preocupé, sí, se debe estar bañando me dije. Al rato intente de vuelta, esta vez con más fuerza, pero nadie contestó. Cansado, me senté en la vereda. Esperé una, dos, tres horas, y a la cuarta un auto estacionó frente a mí. Era la madre de la señora Bermúdez, bueno, la madre de mi señora Bermúdez. De la otra puerta se bajó un hombre con delantal blanco y anteojos, llevando un maletín bajo su brazo. Me asusté, sí, que yo recuerde en todos esos años jamás se había enfermado la señora Bermúdez.

“¿Esta muy grave señora?”, le pregunté mientras cruzaba mis dedos por detrás de la espalda.
“No lo sé, no lo sé”, me contestó la madre mientras buscaba la llave entre las bolsas de supermercado.

Me invitó a pasar a la casa, muy linda por cierto, siempre me la había imaginado más fea, no sé por qué. Me dijo que me sentara en el sillón, y me senté. Luego me trajo una chocolatada y unas galletitas de vainilla, de esas que nos daban siempre en la colonia.
Agradecí por la merienda, y le pregunte en voz baja si faltaba mucho para que vea a la señora Bermúdez. Me dijo que espere, y esperé. Esperé uno, dos, tres y a los cuatro minutos me preocupé. A los diez me inquieté. Y a los veinte, bueno, a los veinte me paré y comencé a caminar por el pasillo. A los treinta se abrió la puerta del baño, salió primero el médico, y luego la madre de la señora Bermúdez. La madre acompañó al señor hasta la sala, le agradeció por todo y cerró la puerta ni bien salió. Y se quedó parada, allí, frente a la ventana que da a la calle, mirando cómo pasan los autos y las bicicletas.
Me recordó a cuando vivía con mi abuela, a unos cuantos kilómetros de acá. A cuando en esos días tristes de cielo raso, me paraba frente a la ventana de la sala, y me quedaba paradito, justo allí, mirando como pasaban los autos por la puerta de la casa.
La madre de la señora Bermúdez estaba triste, y de eso no me quedaban dudas, y es por eso que me preocupé más aún. Nervioso, me acerqué a la madre, y como no queriendo interrumpir su momento, le pregunté en voz baja si podía pasar a verla. Me dijo que sí, que pasara, que me estaba esperando. Entonces corrí hacia el pasillo. Pase una, dos, tres habitaciones. Y allí estaba, cuarta puerta a la derecha. La abrí con fuerza y ahí la encontré, a la señora Bermúdez, parada bajo la ducha, empapada. De fondo sonaba su radio favorita, FM 90, “La radio de los hits”.

“Pensé que estabas enferma...”, le dije mientras miraba cómo caía el agua por su remera.
“¿Enferma yo? Estoy mejor que nunca”, me dijo justo antes de escurrir su pelo.

Luego me dijo que pasara, que vaya a bailar con ella bajo la lluvia, cómo el otro día.
Obviamente le dije que no, que primero eso no era lluvia y que segundo no me parecía apropiado. Y obviamente a ella no le importó, y con un momento de fuerza me agarró del brazo y me arrastró hacia la bañera, haciéndome caer en ella.
Una hora más tarde me encontraba yo, parado en la puerta de su casa, pidiéndole a la madre disculpas por haber mojado el pasillo, y la alfombra, y el gato.
Y es desde ese día que la señora Bermúdez no vino más al colegio. Desde ese día que ella decidió quedarse bajo la ducha y no salir. Como queriendo recordar esa tarde del otro día, en donde corrimos y sonreímos bajo la lluvia como nunca antes, como queriendo seguir, como queriendo congelar ese momento de felicidad por siempre. Y es desde ese día que la vengo a visitar todos los lunes sin falta para volver a ver esa sonrisa de oreja a oreja. Todos los lunes, corro a su casa, paso el parque, el kiosco, la panadería, y en el árbol caído doblo a la izquierda. Llego a la puerta con timbre celeste, antes lo tocaba, ahora ya no. Ahora abro la puerta con fuerza, y me dirijo directo hacia el baño. Llego, apoyo las bolsas en el piso, la saludo y le cebo el primer mate. Y todos los lunes, al anochecer, saludo a la señora Bermúdez y me retiro camino a casa. Abro la puerta del baño, y ella me pregunta: “¿No te querés quedar?”. Y yo le respondo: “No, gracias, nos vemos el lunes que viene”.
Pero este lunes del que les hablo es distinto. Ella me preguntó si me quería quedar, y yo le respondí que sí. No me pregunten por qué este lunes le respondí eso porque no lo sé, simplemente me salió decir que sí, y lo dije. Sorprendidos, nos miramos ante mi respuesta, luego de sesenta años que la vengo a visitar, luego de preguntarme 2880 veces lo mismo y decirle que no, esta vez dije lo contrario. Nos miramos, nos reímos.
Porque los dos estábamos felices, los dos queríamos quedarnos un rato más juntos. Y tuvieron que pasar unos minutos nomás para que estemos los dos, con los cuerpos mojados y arrugados, cantando y bailando bajo la ducha. Que no es una ducha, es lluvia. Es la lluvia de esos días que nos escapábamos del colegio, es la lluvia que caía sobre el parque, la que nos provocaba ganas de correr, de gritar. La que hacía que terminemos empapados, con la sonrisa de oreja a oreja, como la sonrisa que tenemos ahora, llenos de felicidad, deseando congelar este momento, para que no se termine jamás.